El preámbulo: ¿Es posible hablar del fracaso escolar subjetivamente cuando no eres un fracasado escolar? ¿Quizá este artículo tendría que ser escrito por otra persona? Difícil tarea se me impone. Impotencia. Incapacidad. Desorientación.
El contexto: ambiente de festividad y extraño artificio de cámaras y focos que se vive a causa del rodaje de una película dentro del instituto. Todos quieren conseguir la firma o, mejor aun, una foto con Jimmy Barnatán (Los Serrano) o Darío Paso (Ana y los 7) o Elio González (Aquí no hay quien viva). Todos buscamos verlos a través de las ventanas del aula. A pesar de que están a escasos centímetros, aun parecen apostados más allá de la pantalla del televisor. Una palabra suya bastará para sanarnos. Pero, ¿de qué?
El tema: se nos propone un artículo sobre el fracaso escolar. Estoy tomando un café de máquina y escucho en silencio. Los demás parecen tener algo rodándoles en la cabeza.
El problema: no sé qué decir ni como empezar.
Y no creo que sea suficiente con todo esto que he escrito hasta ahora.
El fracaso escolar ha sido siempre una tentación que atrae de forma misteriosa e inexplicable a aquellos que nunca se han dejado llevar por él. ¿Cuántas veces, sentado en mi escritorio con el libro abierto y la inminencia de un examen, no he pensado en lo que sería dejar de clavar los hombros y dedicarme a lo que me gustaría estar haciendo? ¿En dejar de pensar en lo que pueda pasar y vivir lo que está pasando ahora? No creo que pueda decirse que estudiar es un placer: más bien se podría calificar de una obligación aceptada sin rechistar. Es un deber que nos impone todo el mundo desde siempre. Los padres, los profesores, la promesa de un buen porvenir…
El fracaso escolar lo viven aquellos que no han aceptado la obligación y que, a diferencia de mi, han tirado los libros de la mesa y se han puesto a chatear por el Messenger, pensado que sólo serán cinco minutos. Antes, en primaria, el profesor se acercaba a ellos y les ayudaba. Pero a medida que subimos de curso, ese apoyo del maestro va desapareciendo progresivamente. Ellos se quedan estancados en un curso que parece un deja vù del anterior y pronto, cuando lleguen a los dieciséis años, la promesa de un sueldo en cualquier trabajo los cegará y abandonarán el instituto.
He escrito esto en una pausa de descanso después de un buen rato empollando las diferencias entre arte mesopotámico y arte persa. A veces pienso que no vivo lo que tendría que estar viviendo por quedarme encerrado en mi cuarto para preparar un examen. Luego pienso que el placer y el disfrute vendrán cuando, gracias a haber aprobado y sacado las mejores notas, tenga una vida acomodada. Pero ¿y si no es así? ¿Y si, en vez de ser un fracasado escolar me convierto en un fracasado laboral? El futuro puede jugar malas pasadas y convertir a un licenciado en periodismo en un obrero de la construcción.
El final: espero que todo esto que he escrito sirva para algo y no me miren con mueca burlona cuando lo entregue. Ahora voy a conectarme en Internet para ver la galería de fotos en la web de la película que se está filmando en el instituto. Quién sabe, quizá salga junto a algún actor famoso.
Serán cinco minutos. Lo prometo.
Escribe un comentario